Mis maestros
No todas las lecciones que forman a un abogado se aprenden en un salón de clases. Algunas llegan en forma de consejo; otras, después de cometer un error; y unas cuantas se esconden en conversaciones o anécdotas que, muchos años después, todavía recordamos.
Creo que todos los maestros —los buenos y también los malos— terminan dejando algo en nosotros. De unos aprendemos conocimientos, criterio y actitudes que vale la pena conservar; de otros, quizá, aprendemos cómo no queremos ejercer la profesión.
Escribo esta nota para recordar a quienes han sido mis maestros en el ámbito jurídico. Una parte de lo que hoy soy como abogado tiene su origen en sus palabras, consejos, enseñanzas y, por supuesto, en las historias que viví junto a ellos.
Los mencionaré en orden cronológico. Clasificarlos por importancia sería difícil y, probablemente, injusto: cada uno apareció en una etapa distinta y me enseñó algo que en ese momento necesitaba aprender.
Mauricio Orozco: ningún problema es del tamaño del mundo
El primero que recuerdo, es el licenciado Mauricio Orozco, hoy corredor público, con quien tuve la fortuna de trabajar en la Notaría 82 de la Ciudad d México, allá por el lejano 2009.
Fue mi primer empleo formal dentro del mundo jurídico. Ahí aprendí los fundamentos del derecho notarial y civil, conocí a mis primeros amigos en el ámbito profesional y comencé a descubrir que ejercer el derecho era bastante distinto de estudiarlo.
En aquel entonces, Mauricio era abogado de la Notaría. De esa época conservo varias anécdotas. Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en la que acudimos a un banco a retirar dinero y, por alguna razón que en ese momento debió parecernos perfectamente lógica, comenzamos a hablar en voz alta y a presumir hazañas completamente inventadas, fingiendo que éramos personas peligrosas. Supuestamente así evitaríamos levantar sospechas. No sé si lo conseguimos, pero nos divertimos muchísimo en el intento.
Sin embargo, la enseñanza que más recuerdo de él surgió de una frase que repetía otro abogado de la Notaría. Cada vez que alguien cometía un error, aquel abogado decía con gravedad:
“Este es un problema del tamaño del mundo”.
Para un pasante inexperto, que todavía no conoce las consecuencias reales de cada equivocación, escuchar aquello resultaba bastante intimidante. Uno podía imaginar que cualquier error ortográfico, documento incompleto o trámite mal encaminado estaba a punto de provocar una catástrofe jurídica internacional.
Mauricio veía las cosas de otra manera. Decía que precisamente para eso éramos abogados: para resolver problemas, no para dejarnos intimidar por ellos. Y después cuestionaba aquella frase con un razonamiento que nunca olvidé:
“¿De qué tamaño será el mundo de ese abogado, si un problema como este ocupa todo su mundo?”
Tenía razón. Ningún problema es del tamaño del mundo. Los asuntos pueden ser difíciles, urgentes o importantes, pero siempre deben observarse con perspectiva.
Así aprendí una de mis primeras lecciones profesionales: ser abogado implica enfrentarse a los problemas sin magnificarlos ni ignorarlos. Hay que comprenderlos, dimensionarlos y buscar una solución. Al final, la actitud con la que enfrentamos un problema también revela nuestro tamaño como abogados.
Alejandro Torres: criterio y serenidad
Por allá de 2010, en la Facultad de Derecho cursé una materia llamada Práctica Forense de Derecho Procesal Civil. El nombre sonaba interesante, aunque debo admitir que yo no tenía ni idea de qué trataría la clase.
El profesor era el licenciado Alejandro Torres, un litigante experimentado y hábil. Desde aquella primera clase, en la que explicó qué hacía realmente un abogado litigante, quedé cautivado. Hasta entonces conocía el derecho principalmente desde la perspectiva notarial; ese día descubrí otro mundo: el de la controversia, la estrategia y la defensa de intereses ante los tribunales.
Con cada clase aumentaba mi interés por el litigio. A lo largo del curso me propuse pedirle trabajo, dejar la Notaría y comenzar una etapa profesional distinta.
En febrero de 2011 finalmente me incorporé al equipo de pasantes del licenciado Torres. Durante los más de dos años que trabajé con él aprendí algo que no siempre se enseña en la universidad: a formar criterio jurídico.
La dinámica era sencilla, pero sumamente enriquecedora. Todos los días analizábamos las resoluciones dictadas en nuestros asuntos. El licenciado Torres nos explicaba, con fundamento en la ley y en la teoría, por qué el criterio de un juez podía ser correcto o equivocado y, sobre todo, cómo podía interpretarse y utilizarse la norma en defensa de los intereses de nuestros clientes.
No se trataba únicamente de saber qué decía la ley, sino de aprender a pensar con ella.
También recuerdo una audiencia en la que las partes celebraban un convenio conciliatorio. A medida que avanzaba la negociación, la contraparte agregaba más y más condiciones, hasta imponerse a sí misma obligaciones innecesarias y difíciles de cumplir.
Yo, todavía inexperto y quizá con un sentido de justicia demasiado repartido, llamé discretamente la atención del licenciado Torres sobre los errores que estaba cometiendo la contraparte. Al terminar la audiencia, me explicó algo elemental, pero que yo aún no había comprendido del todo:
“Nuestro trabajo es defender a nuestro cliente, no al cliente del abogado contrario”
La enseñanza no consistía en actuar de mala fe ni en aprovecharse indebidamente de nadie. Consistía en entender cuál era nuestra función dentro de una controversia. Cada parte tenía su propia representación y nosotros debíamos concentrarnos en proteger los intereses que nos habían sido confiados, sin asumir responsabilidades que correspondían a otros.
También recuerdo audiencias en las que los abogados contrarios se enojaban demasiado. Algunos hacían verdaderas rabietas; otros preferían las ofensas disfrazadas de ironía o sarcasmo. El licenciado Torres, en cambio, rara vez perdía la cabeza. Mientras los demás reaccionaban, él observaba, pensaba y respondía.
Esa serenidad le permitía encontrar siempre una contestación más inteligente y adecuada.
Después de aquellas audiencias, nos mostraba cómo el enojo había llevado a los contrarios a perder de vista aspectos importantes del asunto: abandonaban una estrategia útil, omitían señalar un hecho relevante, dejaban transcurrir una oportunidad procesal o terminaban diciendo algo contrario a sus propios intereses. En pocas palabras, se metían el pie ellos solos.
De él aprendí que un litigante no solo necesita conocimientos jurídicos. También necesita saber cuál es su función, observar con atención y conservar la calma. En un litigio, perder la cabeza puede significar perder mucho más que una discusión.
Berenice Hernández: aprender también exige saber en qué concentrarse
Durante mi servicio social, en 2012, tuve la oportunidad de conocer otra dimensión del derecho: la jurisdiccional.
Cursé esa etapa en la entonces Sala Especializada en Materia de Propiedad Intelectual del Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa. Hasta ese momento había conocido el trabajo de una notaría y de un despacho litigante; ahora podía observar lo que sucedía del otro lado del escritorio: cómo se estudiaban los expedientes y se construían las decisiones de un órgano jurisdiccional.
Por una afortunada casualidad llegué al equipo de la licenciada Berenice Hernández Deleyja, una abogada joven, pero extraordinariamente capaz, inteligente y estudiosa.
Comencé como muchos pasantes: archivando expedientes, cosiéndolos, obteniendo copias y realizando las tareas necesarias para mantener en orden el trabajo cotidiano de la Sala.
Esporádicamente también nos encargaban elaborar proyectos de acuerdos de trámite. La dinámica parecía sencilla: nos entregaban varios expedientes que se encontraban en una etapa procesal semejante y un formato de resolución que debíamos adaptar a cada asunto.
Cuando recibí esa encomienda, lo más natural pudo haber sido el limitarme a cambiar nombres, números de expediente y fechas. Sin embargo, mi experiencia anterior había despertado en mí una curiosidad difícil de contener. Quería entender aquella nueva materia, así que comencé a revisar cada asunto por separado. En algunos encontraba particularidades que me parecían relevantes y se las comentaba a la secretaria de acuerdos.
Poco a poco, gracias a esa curiosidad y a mis ganas de aprender, me gané la confianza de Bere.
Recuerdo especialmente una ocasión en la que, por mi afán de ser servicial, una auxiliar me pidió ayuda para obtener una gran cantidad de copias. Acepté de inmediato, aunque tenía pendientes varios proyectos que Berenice me había encargado.
Cuando Berenice advirtió lo ocurrido, me llamó la atención frente al equipo. Me explicó que debía atender primero las instrucciones de la persona responsable de mi trabajo y aprender a respetar las líneas de organización. En ese momento me sentí bastante apenado. La auxiliar comprendió la situación, me relevó de aquella tarea y pude volver a los proyectos pendientes.
Poco después, Berenice me llamó en privado. Ya con otro tono, me explicó la verdadera razón del regaño: yo estaba ahí para aprender, desarrollar mis capacidades y aprovechar la oportunidad de trabajar con expedientes y proyectos. Ayudar a los demás era positivo, pero no debía hacerlo a costa de abandonar las responsabilidades que me habían sido confiadas ni de descuidar mi propia formación.
No desacreditaba las labores administrativas ni a quienes las realizaban. Me enseñaba, más bien, que cada integrante del equipo tenía responsabilidades distintas y que yo debía aprender a reconocer cuáles eran las mías.
Aquella conversación me dejó una lección que todavía considero vigente: ser servicial y apoyar a los compañeros es una virtud, pero también es necesario saber dónde concentrar el tiempo y el esfuerzo. Decir que sí a todo puede parecer generoso; sin embargo, si nos aleja de nuestras responsabilidades y de las oportunidades de crecimiento, termina por perjudicar nuestro propio trabajo.
De Berenice aprendí también buena parte de lo que entonces comenzaba a comprender sobre redacción jurídica. Revisaba mis proyectos con detenimiento, corregía la estructura de las ideas, la sintaxis y la elección de las palabras. Me enseñó que escribir jurídicamente no consiste en llenar páginas con expresiones complicadas, sino en ordenar el pensamiento y comunicarlo con precisión.
Además, su ejemplo rompió una asociación que hasta entonces yo daba por sentada: que la experiencia y la capacidad dependían necesariamente de la edad. Berenice era joven, pero sus conocimientos, disciplina y criterio superaban ampliamente lo que cualquiera habría esperado por sus años.
Al conocerla pensé que yo también quería llegar a ser así de bueno: no aparentarlo por la edad o por el cargo, sino demostrarlo mediante el estudio, el trabajo y la calidad de cada decisión.
Jorge de Haro y Ernesto Algaba: la experiencia como forma de criterio
En 2014, recién titulado y después de varios acontecimientos que terminaron por llevarme hasta ahí, recibí una oportunidad que muchos abogados jóvenes habrían deseado: incorporarme a uno de los despachos más reconocidos de México en materia de resolución de controversias.
Ahí conocí a abogados extraordinarios, con una enorme experiencia y una capacidad jurídica difícil de encontrar. Entre ellos destacan dos personas que marcaron profundamente mi formación: el licenciado Jorge de Haro y el licenciado Ernesto Algaba.
Trabajar con ambos fue también resultado de una afortunada sucesión de circunstancias. Comencé colaborando con el licenciado De Haro en asuntos relacionados con concursos mercantiles y, posteriormente, trabajé con el licenciado Algaba en litigios bancarios.
Además de sus conocimientos, me impresionaba la amistad que habían construido durante cerca de cincuenta años. Existía entre ellos una confianza profunda, acompañada de respeto profesional y de esa familiaridad que solamente puede formarse después de toda una vida compartiendo asuntos, decisiones, éxitos y dificultades.
De cada uno aprendí cosas distintas.
Jorge de Haro: la experiencia de saber esperar
Del licenciado De Haro recuerdo, en primer lugar, su buen humor. Siempre encontraba la manera de hacer un comentario audaz y divertido, incluso en los momentos más tensos.
Tenía la capacidad de quitarle solemnidad al litigio, al traje y a la oficina elegante. Sin restar seriedad al trabajo, transformaba el despacho en un espacio cercano, acogedor y, muchas veces, genuinamente divertido. Con él entendí que el rigor profesional no está peleado con el sentido del humor.
Pero también aprendí una de las lecciones estratégicas más importantes de mi carrera.
En cierto asunto, después de estudiar el expediente, llegué a la conclusión de que debíamos actuar en muchos frentes. Preparé una serie de posibles recursos, incidentes, juicios de amparo y estrategias procesales. Estaba convencido de que un problema complejo exigía una respuesta igualmente compleja.
Cuando le presenté mis propuestas, el licenciado De Haro las escuchó con atención. Me dijo que todas tenían mérito y que cualquiera de ellas podía constituir una solución jurídicamente razonable.
Después hizo una pausa y añadió algo que me sorprendió:
“En mi experiencia, este asunto se resuelve sin intervenir… al menos por ahora”
Me explicó que la verdadera confrontación se estaba desarrollando entre otras partes. Estaban tan concentradas en atacarse mutuamente que habían dejado de prestar atención a la posición de nuestro cliente. Si interveníamos, podíamos recordarles nuestra presencia y provocar una reacción que hasta ese momento no habían considerado. Si guardábamos silencio, existía la posibilidad de que transcurrieran sus oportunidades procesales y sus derechos precluyeran.
La estrategia me pareció arriesgada. Como abogado joven, sentía que defender consistía necesariamente en promover, objetar, recurrir y hacer visible nuestra posición. La inactividad me parecía casi una renuncia a litigar.
Sin embargo, seguimos su recomendación.
Y tuvo razón.
Mientras las otras partes continuaban enfrentándose, dejaron transcurrir las oportunidades que podían haber utilizado contra nuestro cliente. El resultado terminó siendo favorable, sin necesidad de desplegar aquella compleja maquinaria procesal que yo había preparado.
No fue la única ocasión en que vi al licenciado De Haro alcanzar una solución favorable mediante una lectura sencilla, pero profundamente experimentada, del conflicto. Sabía distinguir entre los asuntos que exigían una reacción inmediata y aquellos en los que actuar podía resultar contraproducente.
Así comprendí que el litigio no consiste en presentar promociones por el simple hecho de mantener el expediente en movimiento. En ocasiones, la mejor estrategia es intervenir; en otras, esperar; y, en algunas más, guardar silencio mientras los demás revelan sus intenciones o dejan pasar sus oportunidades.
La experiencia no sustituye al criterio jurídico: lo depura. Permite ver aquello que todavía no aparece en los libros y reconocer que, en un litigio, saber cuándo actuar es importante, pero saber cuándo no hacerlo puede ser todavía más difícil.
Ernesto Algaba: la capacidad de simplificar lo complejo
El licenciado Algaba tenía un carácter peculiar. Cuando lo conocí me inspiró respeto y cierto temor reverencial. Después, cuando tuve la oportunidad de tratarlo verdaderamente, ambas impresiones no desaparecieron: se confirmaron, aunque por razones distintas.
El respeto provenía de su vasto conocimiento jurídico y de la facilidad con la que comprendía los asuntos más complejos. El temor fue cediendo cuando descubrí también su enorme sentido del humor y su inteligencia para formular comentarios tan perspicaces como divertidos.
Escuchar conversar al licenciado Algaba y al licenciado De Haro era una experiencia verdaderamente enriquecedora. Entre bromas, recuerdos y discusiones jurídicas, uno podía aprender sobre derecho, litigio y amistad profesional casi sin advertir en qué momento había comenzado la lección.
Tuve la fortuna de colaborar con el licenciado Algaba en diversos asuntos. Como abogado joven, procuraba estudiar cada expediente de principio a fin: quería conocer todos los hechos, comprender cada documento y anticipar cualquier problema posible.
Cuando tenía oportunidad de conversar con él sobre una estrategia, exponía el asunto, compartía mis dudas y planteaba las distintas soluciones que había imaginado. Él escuchaba con atención. Después hacía algunas preguntas y, con un dominio sorprendente de la ley y la jurisprudencia, identificaba el punto preciso del que dependía todo el problema.
Donde yo veía muchas rutas, él encontraba el camino.
Esa capacidad se hacía especialmente visible durante las juntas de los viernes, en las que participaban los abogados del despacho. Ahí se planteaban asuntos de toda naturaleza: problemas extraños, controversias complejas y preguntas para las que rara vez existía una respuesta inmediata.
Más de veinte abogados, muchos de ellos con amplia experiencia, aportábamos ideas, interpretaciones y posibles soluciones. Las discusiones podían extenderse mientras cada uno examinaba el problema desde una perspectiva diferente.
El licenciado Algaba escuchaba atentamente todas las intervenciones. No solía apresurarse a responder. Al final formulaba unas cuantas preguntas y después exponía una solución sustentada en la ley, la jurisprudencia y su experiencia.
Era curioso observar cómo muchas mentes podían construir propuestas creativas y razonables, mientras él lograba concentrar la esencia del problema en un comentario aparentemente sencillo.
Pero su respuesta no era simple: estaba simplificada.
Detrás de esa claridad había décadas de estudio, memoria jurídica, experiencia e inteligencia. Había desarrollado la capacidad de separar lo importante de lo accesorio y de encontrar, entre muchas posibilidades, la cuestión que realmente debía resolverse.
De él aprendí que el conocimiento jurídico alcanza su mejor expresión cuando permite explicar con claridad lo complejo. Acumular leyes, precedentes y argumentos es valioso; pero el verdadero criterio consiste en saber cuáles resultan relevantes y cómo deben articularse para construir una solución.
El licenciado Algaba me hizo querer llegar a ser esa clase de abogado: alguien que estudia profundamente, escucha antes de responder y, frente a un problema difícil, encuentra claridad donde los demás solo alcanzan a ver complejidad.
Su inteligencia era extraordinaria, pero también lo eran su disciplina y los años dedicados al derecho. Esa combinación hizo de él uno de los mejores abogados que he conocido.
A manera de conclusión
Esta reseña es breve para todo lo que podría contar sobre mis maestros. Cada uno merecería, quizá, un texto propio y muchas más líneas de anécdotas, enseñanzas y recuerdos.
Sin embargo, este recorrido permite mostrar una parte de mi perfil como abogado, porque en mi manera de entender y ejercer la profesión permanece algo de todos ellos: la perspectiva ante los problemas, el criterio jurídico, la serenidad, la disciplina, la claridad y la experiencia convertida en estrategia.
No podría afirmar que mi formación ha terminado ni que ya he encontrado a todos mis maestros. La abogacía es un quehacer que obliga a seguir aprendiendo. A veces, las nuevas lecciones provienen de un abogado con mayor experiencia; otras, de un colega, un juez, un cliente, un contrario o incluso de quienes apenas comienzan y formulan preguntas que uno había dejado de hacerse.
A estos grandes abogados y a esta gran abogada les agradezco haber compartido conmigo parte de sus conocimientos, su experiencia y su forma de comprender el derecho. Algo de cada uno permanece hoy en mi trabajo, y espero poder compartir con otros aquello que alguna vez mis maestros me enseñaron.